La angustia de meterse un bocado a la boca

By noviembre 9, 2016Blog

Nos bombardean a diario con información sobre como alimentarnos. Andamos aturdidos y confundidos con tantas dietas, estudios, y cuentos tanto de alimentos funcionales y “supercomidas”, como de ingredientes que siembran tumores en el cuerpo. Dicen que la chía, el amaranto, la quínoa, la moringa, el te verde, y la leche de almendras te rejuvenecen y curan de todo mal. También que el azúcar es veneno, el gluten una amenaza, la carne un carcinógeno, y los OGM el origen de muchas enfermedades. A tal punto ha llegado este frenesí que ya hay un termino, “Orthorexia”, para describir la obsesión excesiva por la alimentación saludable. Creo que hoy, uno de los peores ingredientes de nuestra alimentación es la angustia que produce meterse un bocado en la boca.

Tenemos que aprender a navegar en medio de esta tormenta. Primero que todo debemos entender que existe un sistema económico beneficiándose de la confusión. Para lograr un titular llamativo la prensa desinforma sacando de contexto cualquier estudio médico o científico; las revistas divulgan dietas  y superfoods para nutrir nuestra obsesión; médicos irresponsables anteponen la pérdida de peso a la salud del cuerpo; y las grandes empresas de “comida” y “nutrición” nos invaden con falsos sueños y promesas. Por esta razón debemos usar nuestro juicio a la hora de decidir como alimentarnos. Hay que basarse en fuentes validas y usar nuestro sentido común.

La alimentación es un universo extremamente complejo donde no existen verdades absolutas. Primero que todo, cada organismo es diferente, tanto en su biología como en su estilo de vida, y por esta razón lo que ingerimos actúa de forma diferente en cada persona. Hay que estar alerta cuando nos presentan generalizaciones o posiciones extremas, pues si se estudia la historia de la comida podemos ver que casi todos lo macro nutrientes (proteínas, grasas y carbohidratos) han sido satanizados para luego ser glorificados. Por ejemplo la grasa. Hace nada estábamos en la era “fat-free y low-fat” en que se sustituían las grasas saturadas por grasas trans, y ahora empezamos a comprender que las grasas trans son pésimas para la salúd y que el universo de las grasas es mucho mas complejo de lo que una vez se pensó.

Pero el daño ya nos lo hicimos evitando grasas saturadas y buenas y consumiendo grasas trans y glorificando el carbohidrato que luego también fue satirizado. El fundamento conceptual de toda esta confusión es una ideología a la  que se le ha dado el nombre de “nutricionismo”. Su premisa básica es que una comida es equivalente a la suma de sus nutrientes. Para el nutricionismo comerse una manzana es lo mismo que ingerir un paquete con todos los nutrientes que contiene una manzana. Para el nutricionismo lo importante son los nutrientes y no la comida. A diferencia de la comida con la que nos hemos relacionado por siglos a través de un conocimiento cultural, el nutriente es una entidad invisible y misteriosa cuyo dominio pertenece a la ciencia. De esta forma hemos perdido la autonomía de alimentarnos a partir de un saber tradicional y le hemos dado todo el poder a los nutricionistas y la industria de la comida. El resultado ha sido la llamada dieta Americana, que tiene terribles consecuencias para la salud, y que se esta esparciendo por el planeta. Sus efectos son tan devastadores que en los Estados Unidos la generación actual puede llegar a ser la primera que tiene una expectativa de vida menor a la de sus padres

Debemos dejar atrás la era del nutricionismo y tomar control sobre lo que comemos. Hay que regresar a la comida, a los alimentos que podemos identificar : la manzana, la carne, y las lentejas. Recomienda Micheal Pollan, investigador del sistema de alimentación americano y la historia de la alimentación, que debemos alimentarnos de comida (evitar alimentos ultraprocesados), no demasiada (moderar las cantidades), y sobre todo plantas (muchas frutas, granos y vegetales y un poco de proteína animal). Recordemos que no sólo se come para la salud del cuerpo sino por el bienestar que produce compartir con los demás una cena deliciosa preparada con amor.